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El Camino de Emaús es el nombre que la CLAR, por diversas circunstancias de la vida eclesial, ha dado a la decisión tomada en la asamblea de Caracas en el año 2000, de generar procesos que posibiliten una búsqueda de refundación de la vida religiosa del continente. Un proceso de refundación que culminara en un Concilio de la Vida religiosa a la manera del Concilio de Jóvenes en Francia. Este proceso se inspiraría en el texto de Emaús como necesidad de la vida religiosa de captar una presencia amiga en el camino: la de Jesús Resucitado.
Es evidente que la cuestión de la refundación no es un asunto exclusivo de la vida religiosa o de la Iglesia. En la sociedad, economistas, politólogos y sociólogos hablan de una refundación de la economía, de la política, de la sociedad, de la ecología; entendiendo por tal el ir nuevamente a lo fundamental del sentido de cada una de estas realidades. Y ello, porque de no ser así el futuro de la humanidad es incierto o, porqué no decirlo, corre hacia su propia destrucción.
Igualmente, podemos afirmar sin temores que, o la vida religiosa vuelve a sus fundamentos, se pregunta por sí misma, se pellizca y se decide a un serio y profundo proceso de conversión, de reconocimiento humilde del resucitado en todas sus discusiones inútiles o ella camina indefectiblemente hacia la pérdida de su sentido en nuestras sociedades latinoamericanas. Por lo tanto, no cualquier actividad o discurso, o cualquier plan o programa significan refundación sino un proceso lento, doloroso, difícil, con altos y bajos, con resistencias y avances de conversión a la Palabra del Evangelio y de rescate de los dinamismos de los diversos carismas y sus nuevas respuestas a las situaciones del momento.
La propuesta de una vuelta a lo fundamental: la Escritura Neotestamentaria, la intención de los fundadores en el contexto de los grandes interrogantes del mundo actual, son una oportunidad para la vida religiosa latinoamericana, para todos los religiosos y religiosas de una provincia o unidad administrativa. Y esta es una oportunidad singular, porque entre nosotros aún existen vocaciones a pesar de las nuevas situaciones que vive la juventud, como las nuevas configuraciones de la familia.
P. Ignacio Madera, sds
El asunto no es agotar las fichas para concluir un proceso sino en reflexionar para vivir, para encantar, para nutrir la vida de cada comunidad con el compartir de experiencias, la recuperación del relato, de la historia personal y comunitaria. Son reflexiones para abrir los ojos al mundo presente y descubrir en él las grandes canteras desde las cuales el Señor Resucitado sigue invitando a la intimidad con El para volver presurosos a Jerusalén. Son entonces para meditar, interrogarse, celebrar, orar, mirar hacia adentro y hacia afuera, para continuar en un camino de conversión que genere un nuevo rostro de la vida religiosa y su presencia profética en los pueblos de Amerindia.
De nuestra pasión por la vida que el Señor nos ha regalado, de nuestra capacidad de ir contra corriente en el mar de las ideologías del desaliento, del desencanto y del desánimo, depende el que nos dejemos orientar por la luz de la estrella que guía hacia la casa de Belén, para allí contemplar al niño indefenso, que al ser adorado, nos señala los otros caminos que no solo eluden a herodes sino que nos orientan a seguir siempre caminando en la luz.
Algo nuevo puede nacer, en realidad, esta naciendo en todos aquellos y aquellas que le siguen apostando a la esperanza a pesar de todo, como los pobres de nuestros campos y cinturones de miseria, como los indígenas y comunidades negras, como los obreros mal pagados y las mujeres prostituidas, resistiendo, siempre allí, y resistiendo con la capacidad de mantener y conservar la alegría, el espíritu de fiesta, así, aunque parezca absurdo, vencen los absurdos porque nadie puede quitarles la alegría y el gozo de vivir. De esta alegría y de esta vitalidad tenemos necesidad tú y yo, para ser gestores de un mejor futuro para nuestras vidas como religiosos y religiosas en la Iglesia. P. Ignacio Madera, sds
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