Miércoles 22 de noviembre del 2017

La educación y la solidaridad

María de Lourdes Pank, messt
Miembro del Equipo coordinador
de la Red de Educación
 
A propósito del mes dedicado a las misiones quiero compartir una reflexión en torno a la educación y el tema tan “de moda” de la solidaridad. De moda porque en estos tiempos que corren y a causa de los huracanes y terremotos que han azotado nuestro país, se ha visto, al menos en el momento del desastre, una solidaridad extraordinaria, pero no solo en y con nuestro país, también en EEUU, Puerto Rico, España, Somalia, etc. y podría continuar la lista de países y personas concretas a las que se ha hecho llegar la ayuda y quienes han vivido en carne propia esa solidaridad.
 
 
Lamentablemente esas acciones son muchas veces aisladas y para una situación en concreto, pero una vez que necesidades y preocupaciones.
 
El Papa Francisco expresa en su mensaje con motivo de la Jornada Mundial de la Misiones 2017 que “la misión de la Iglesia está animada por una espiritualidad de éxodo continuo. Se trata de «salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 20). La misión de la Iglesia estimula una actitud de continua peregrinación a través de los diversos desiertos de la vida, a través de las diferentes experiencias de hambre y sed, de verdad y de justicia”.
 
De tal manera que la invitación es permanente. El Papa subraya un éxodo continuo, una continua peregrinación. No se trata pues de ser solidarios un día, un momento, un tiempo; que bueno que en circunstancias de adversidad salga a flote lo mejor de nuestra humanidad, pero no es suficiente, se requiere de ese salir continuamente, se requiere de una actitud personal, de una convicción decidida y firme, que sea parte de nuestro ser, de nuestros valores esenciales, para darle ese carácter continuo y permanente.
 
Es ahí donde adquiere un papel importante y trascendental la educación. Es una gran responsabilidad para quienes pretendemos ser profesionales de la educación, formar a los niños y jóvenes en la conciencia social, en la responsabilidad y el compromiso con su entorno, con sus semejantes, con el mundo. Educar en para la
 solidaridad.
 
Pero echemos un vistazo a la realidad: la sociedad y el mundo en general nos conducen a vivir en un individualismo egoísta... mientras nosotros tratamos de educar a los alumnos en la comunión; los medios y la tecnología promueven la satisfacción inmediata de los deseos... mientras nosotros inculcamos que es bueno tener límites y tratamos de desarrollar en los estudiantes la tolerancia a la frustración. Los educadores hacemos ver a los niños y jóvenes que existen muchas personas que carecen de lo más esencial... y la mercadotecnia nos va creando necesidades que terminamos creyendo que sí lo son, como por ejemplo que necesitas tal o cual celular, tableta o aparato electrónico para ser popular, apuesto o exitoso, etc.
 
Parece que el bienestar material produce individuos insolidarios, despreocupados de la suerte del otro y de los otros, centrados en sí mismos. Y es que lamentablemente los valores del neoliberalismo y “la moral del éxito” son más atractivos que la solidaridad.
 
 
¿Cómo emprender una acción de sensibilización solidaria dirigida a los alumnos de nuestras instituciones en favor de los niños del Tercer Mundo, de las víctimas de la violencia, de los enfermos del SIDA, de los que sufren en Ruanda, de los niños con trabajos forzados, de mujeres maltratadas, etc?
 
Como manifiesta Ma. Rosa Buxarrais, profesora de la facultad de pedagogía de la Universidad de Barcelona, “partiendo de la base de que la solidaridad es una actitud, una disposición aprendida, que tiene tres componentes: cognitivo, afectivo y conductual”, podemos pensar en acciones que lleven a los alumnos a conocer, experimentar y actuar en favor de la solidaridad comprometiéndose desde su realidad con esas causas.
 
Se me ocurre que podemos invitar a los más pequeños a escribir un mensaje de solidaridad y paz para los niños de países en desarrollo; a los adolescentes o jóvenes motivarlos a participar en algún foro o realizar un escrito donde promuevan la sensibilidad ecológica que detenga el deterioro del medio ambiente. Promover debates donde el tema sea la dignidad de las personas, los derechos humanos o el desarme de las naciones poderosas, de modo que conociendo y acercándose a esas realidades se interesen por ellas. 
 
Asimismo, no hay que perder de vista que el ejemplo, las enseñanzas o recomendaciones de los otros, y no se diga de los profesores, influyen en las actitudes de los alumnos, pero el contacto directo con la realidad es un factor de suma importancia en la configuración de las mismas, porque “la infancia es la etapa decisiva que en buena medida predetermina cuáles serán las actitudes básicas generales de la persona cuando sea adulto” (Ma. Rosa Buxarrais). Así que no desaprovechemos las oportunidades y espacios con los que contamos los educadores para inculcar en nuestros alumnos la disposición a la solidaridad.
 
Además, si consideramos que la solidaridad es una actitud, un valor y aún más una virtud, ésta debe extenderse a todos los niveles. No sólo hay que enseñar a los alumnos a ser solidarios con los países del Tercer Mundo, con los que sufren por las guerras, con los migrantes, con los que viven una desgracia, etc., a veces se tiene muy cerca, a unos pasos, a la persona con quien practicar la solidaridad. Pequeños detalles y atenciones con los compañeros de grupo harán en nuestras instituciones la diferencia.
 
Si queremos dejar una huella en el mundo, sigamos creando formas de educar en y para solidaridad.